QUE COMIENCE LA TRANSICIÓN A LA DEMOCRACIA

QUE COMIENCE LA TRANSICIÓN A LA DEMOCRACIA
Alots Gezuraga



“(En España) Los tímidos conatos democratizadores de 1868 (Primera República), 1931 (Segunda República) y 1977 (monarquía parlamentaria) han supuesto tantos fracasos debido a la debilidad social y organizativa de las fuerzas democráticas por una lado y a la resistencia del Estado (gobierno) a perder el control y la dirección monopolística de los recursos generados por la sociedad, por otro” (Joseba Ariznabarreta, “Pueblo y Poder”).


Tras la muerte del General Franco en su cama, el modelo de Estado fascista no era permitido por el resto de Estados occidentales, por lo que, gracias a esta presión externa, se volvió a la partidocracia como modelo de Estado totalitario o “dictadura parlamentaria” como habría señalado Montesquieu, ya que los franquistas decidieron organizar oficialmente lo que quedaba de su exiguo Imperio como una “monarquía parlamentaria”, con Juan Carlos de Bourbon como Jefe de Estado vitalicio, elegido entre todos los candidatos posibles por Francisco Franco como su delfín al no tener él mismo descendencia masculina a la que dejar su legado.

Durante la llamada “Transición española” encabezada por el franquista Adolfo Suárez y su partido UCD, se produjeron "Los Pactos de la Moncloa" en octubre del 77, de la que nació la Constitución de 1978 en la que no participamos los nabarros ni el nacionalismo vasco (de lo que nos alegramos). La redacción de la Constitución fue estrechamente vigilada, condicionada y corregida por el franquismo que se guardó muy bien de imponer sus condiciones para ceder parte del poder a cambio de una amnistía total a sus continuados delitos, incluso a los de lesa humanidad (que en el derecho internacional no caducan). La soberanía descansaba, dijeron los militares, en el “Pueblo español”, pero ellos y la Guardia Civil vigilan que no se equivoque en sus decisiones, por lo que seguían siendo los verdaderos soberanos a través del Jefe de los Ejércitos, el mencionado Bourbon, el cual además sería intocable al igual que el dictador anterior y todos los franquistas, lo que les ha permitido acrecentar casi sin límites su patrimonio personal.

Es así como se contempló un tímido retorno a una cierta descentralización administrativa, con pinceladas a la aceptación de la existencia de las “nacionalidades” subyugadas (definidas así en la Constitución de 1978), nacionalidades cuya existencia, poder ejecutivo, judicial y legislativo (los Fueros), sí eran aceptados en el modelo absolutista y que han resistido por todos los medios para no ser absorbidas en el proyecto fallido de pasar de la España imperial del absolutismo a la España Estado-Nación del Régimen Totalitario actual.

En la publicación Lan Deia del sindicato ELA de aquella época, se describía esta realidad bajo el título hoy tan actual de “Referéndum y democracia” (diciembre 76): “Continúa en vigor, en particular, la ordenación político-administrativa impuesta al Pueblo vasco por el general Franco. Es este régimen político el que convoca a referéndum (de la Constitución), el que determina los términos y condiciones de éste, el que seguirá en su puesto, de todas maneras, después de la consulta”. Faltaron redaños y sobraron discursos jesuíticos.

El modelo es igual al anterior a la dictadura, por lo que tiene el mismo riesgo en el intento de mantener un poder central en manos de una plutocracia, al estar abierto a otras tendencias más democráticas, sobre todo de los nacionalismos que no han podido ser integrados en el español. Mientras, los mandos militares tienen cada vez menos presencia en el día a día de la política española debido a las circunstancias internacionales como la existencia de la OTAN o la integración de España en la UE que no por convicción castrense.

Por tanto quedaron fuera de todo poder los Pueblos sometidos, como el nabarro o vasco y el catalán, cuyos Estatutos de Autonomía son controlados o modificables arbitrariamente desde Madrid, reconducida toda la fuerza que ejercieron durante el franquismo y la transición a través de la figura fantasmagórica de “partidos nacionalistas” que aceptaron sin embargo el canibalista nacionalismo español a cambio de unos puestos de trabajo, una pequeña autonomía administrativa-legislativa y nula en lo judicial (que sí tenían en el modelo Foral), con gran capacidad recaudatoria en la CAV y CFN (sobre el 60% del volumen total de impuestos), pero nula soberanía (como tendría un verdadero modelo Confederal).

El Gobierno central se reservó el poder real o soberanía mediante el control absoluto del poder ejecutivo, legislativo e incluso el judicial al elegir a dedo a los árbitros o jueces. Se convirtió así en el modelo envidiado, siempre imitado pero nunca igualado, de todas las dictaduras del mundo que pretendían dar el mismo paso guardándose todo lo que habían robado y sobre todo el verdadero poder o soberanía; es en parangón, inspiración y referencia de la nueva Europa.

Joseba Ariznabarreta: “Existe una jerarquía de lo peor y la cima alcanzada, hasta el momento, en esa dirección se conoce con el nombre de totalitarismo moderno, configuración estatal desconocida en la antigüedad clásica y en la Edad Media y que se diferencia también del despotismo de los grandes imperios de los inicios de la historia”. El totalitarismo y la democracia actuales tienen una forma similar pero un fondo totalmente opuesto como explica Ariznabarreta: “Democracia (la fuerza al servicio del Derecho) o Totalitarismo (el derecho como máscara de la fuerza)”.

El régimen totalitario del general Franco quedó rehabilitado, legitimado, confirmado, reconocido y consolidado; logró su triunfo definitivo y realizó su transición sin tocar su estructura de clase, la burocracia, los servicios administrativos económicos milagrosamente convertidos en “democráticos” de la noche a la mañana, el idioma único y pensamiento único.

España es el único caso europeo donde los que gobernaron durante el fascismo se presentaron a las elecciones y de hecho siguen ellos o sus sucesores aún hoy gobernando. Por tanto, el modelo actual está pensado para que el gobierno central controle la vida de los ciudadanos de manera que sea él el único beneficiado al controlar los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial). La extrema corrupción que impera en España es sólo el síntoma inequívoco del totalitarismo que comentamos. Este modelo evidentemente está muy lejos de ser democrático más que en su fachada, quedando este mes de agosto con el “Process” catalán en evidencia para los más optimistas.

El padre de la democracia moderna, el ginebrino Rousseau, decía que se puede pasar de la democracia al totalitarismo pero que no existe en la historia el caso contrario. Luego España es imposible que sea jamás democrática salvo que se produzca una verdadera revolución social. Ésta se podría haber producido en los años 70, por los movimientos independentistas, ya que tenían más fuerza que nunca gracias a la represión que sobre los últimos Pueblos que hemos resistido sin someternos hasta nuestra desaparición a la nación española. Catalunya y los resistentes del Estado de Nabarra estaban en plena ebullición, se sentían fuertes a la muerte del dictador; todo hace pensar que sí hubo una posibilidad real para lograr la libertad, si al caer el régimen franquista se hubiera implantado directamente el Gobierno Vasco o el catalán y no se hubiera apostado por la integración de los mismos en un Gobierno Republicano Español en el Pacto de Múnich del año 62.

Por ello, el referéndum catalán no ha sido más que el intento de romper el totalitarismo español. Su sola ejecución ya es un logro para todo demócrata y para todo Pueblo oprimido pues deja al descubierto la dictadura parlamentaria en la que vivimos, impuesta de arriba a abajo (desde la plutarquía y los militares hacia abajo), del centro a la periferia (desde el castellano al catalán, nabarro o gallego) y con sus colaboradores necesarios, los bautizados como “partidos nacionalistas”.

Nuestro caso es diferente. Nabarra era un Estado libre que durante siglos mantuvo su soberanía contra el imperialismo franco-español. Nosotros no tenemos nada que votar pues nuestro Estado no se unió al castellano sino que fue conquistado a sangre y fuego. Nuestro caso, es un claro ejemplo de imperialismo colonial donde la propia ONU debería de hacer respetar las fronteras de nuestro Estado; para que llegue ese momento, el Pueblo nabarro en su conjunto es el único que puede hacer valer su fuerza empezando hoy a alzar su voz contra el imperialismo, para proclamar unilateralmente después de nuevo nuestra independencia como unilateralmente nos fue arrebatada.

Sin nabarros ni catalanes, el propio Pueblo español quizás sea capaz de hacer su verdadera transición a la democracia y dejar atrás modelos totalitarios propios de siglos pasados, superando así los diferentes modelos de Estados montados para aumentar el patrimonio de los que gobiernan expoliando a los españoles y a los demás Pueblos subyugados. Entonces sí, entonces los españoles podrán gobernarse a sí mismos en democracia. Pero ésa no es nuestra lucha sino exclusivamente la suya, tampoco lo tienen más fácil que nosotros.


ORIGEN DEL ESTADO VASCO

ORIGEN DEL ESTADO VASCO
Joseba Ariznabarreta “Pueblo y Poder”


Sin apenas conocimiento de la realidad prehistórica vasca no podemos más que emitir generalidades sobre la aparición de estados prístinos en los territorios habitados por nuestros antepasados.

Teniendo siempre muy en cuenta que en lo que se refiere al nacimiento del estado parece sin embargo probable que a finales del Paleolítico, juntamente con los últimos cambios climáticos, la doma de animales, la intensificación del pastoreo, el inicio de la agricultura, los sucesivos cambios tecnológicos y el consiguiente crecimiento demográfico, se produjera también una sedentarización de la población (en el ager vasconum sobre todo, pero también en el saltus) y la paulatina atomización o desintegración de la banda primitiva así como su sustitución por unidades familiares básicas (households) que continuarían cooperando y guerreando en más de una ocasión con sus vecinos, en condiciones de libertad e igualdad, desde asentamientos (valles o laderas) más o menos poblados, fortificados y autónomos.

A partir de un momento y por razones –de carácter endógeno y/o exógeno– que desconocemos, la voluntad de dominio no pudo ya ser conjurada y algunas de estas familias alcanzaron rangos desiguales de poder que en determinado territorio acabaron convirtiéndose con el paso del tiempo en duraderas jefaturas políticas al estilo civilizado, es decir, estatuyendo y manteniendo, por medio de la violencia, una organización jerárquica o asimétrica de la sociedad dividida en clanes o facciones en los que la identidad social se expresaba mediante parentesco. A partir de entonces el dominio de estas familias se iría extendiendo o reduciendo según la correlación de fuerzas en cada coyuntura.

Ninguna novedad, pues, ni en sus enfrentamientos ni en sus alianzas, de lo que es la forma fundamental y permanente de actuación del estado hasta el presente. Los numerosos pueblos o tribus vascos se encontrarían en diferente estadio de evolución del proceso señalado cuando los romanos, inoculados ya de gravedad por el virus imperialista (que les acabará llevando inexorablemente al cesarismo), entran en contacto más o menos cercano y más o menos continuado con ellos (fines del siglo III a.C.) y los mencionan singularizados –aunque no con la precisión y el detalle que hubiéramos deseado–, en diferentes escritos de la época.

Sin embargo en el siglo V de nuestra era los escritores –todos ellos foráneos– que se refieren a los habitantes de estos territorios los denominan genéricamente vascones y no sabemos por tanto, como se denominaban, por entonces, ellos a sí mismos y entre sí. Seguramente, pese a que la relación entre las diversas tribus se habría incrementado considerablemente en todos los aspectos tras la desaparición de la dominación romana, influyéndose mutuamente gracias a la posesión de un lenguaje y una cultura básicamente comunes, seguirían diferenciándose entre sí y manteniendo un elevado grado de autonomía como refleja todavía alguna crónica astur del siglo noveno.

Por otra parte hay que decir también que la recuperación en este tiempo de la cultura autóctona en las zonas más romanizadas indica lo que ya habíamos señalado con anterioridad: que la romanización no había sido tan profunda entre las capas populares como algunos, contra toda evidencia, se empeñan en hacernos creer.

Pero este autónomo y fecundo periodo de asentamiento político y recuperación cultural de los indígenas, inmediatamente posterior a la desaparición del dominio romano, debió durar poco, porque en el año 581 tenemos de nuevo a los vascos enfrentándose a francos y visigodos, políticamente afincados y organizados para entonces al norte y al sur de su territorio. Y sin solución de continuidad aparecerán luego los árabes y un poco más tarde el recién creado reino de Asturias.

Refiriéndose a este periodo dice el historiador estellés J.M. Lacarra: “No cabe duda que una lucha tan prolongada tuvo que contribuir a que entre los vascones surgiera una organización que agrupara bajo el mando de unos jefes de prestigio a los hombres útiles para el ataque y para la defensa, aunque fuese de un modo más o menos transitorio (…) Todo ello podemos adivinarlo, pero apenas podemos afirmar nada con certeza. La historia de los dos siglos inmediatos no sería, en cierto modo, sino una continuación de la que ahora sugerimos” (Historia del Reino de Navarra en la Edad Media, Caja de Ahorros de Navarra, 1975).

Uno de los primeros intentos que la nación o las naciones vascas hicieron para erigir el poder político que los nuevos tiempos requerían fue el conocido como Ducado de Basconia (600d.C.); intento que acabó frustrándose entre otras razones porque había nacido con la tara de considerar su independencia efectiva como derivada formalmente de un poder superior. Éste y otros esfuerzos –que seguramente habían comenzado ya, aunque de forma imprecisa y embrionaria, tras la caída del Imperio Romano– por dotarse de una organización política que les permitiese perdurar, acaban finalmente cristalizando, como muy tarde, en las postrimerías del siglo IX tras la derrota que los vascos infringieron en Orreaga al ejército franco.

El que los Arista no aceptasen el paraguas político, siquiera nominal del Imperio Carolingio, en contra de la opinión de elites pamplonesas y, con probabilidad, de la Iglesia, es un dato que, consideraciones tácticas al margen, conviene resaltar. Lacarra supone que “en esa época Pamplona no irradia su autoridad a una comarca, sino al revés, la ciudad queda sometida a la autoridad indígena que domina en el medio rural (otra vez la chocante contraposición ilustrada entre bárbaros y civilizados). Los autores francos nos dicen que en el siglo VII Pamplona era la fortaleza de los navarros, nombre este que ahora suena por primera vez aplicado a los ‘bárbaros’ vascos de la vertiente sur”.

Orreaga es una batalla cargada de un profundo significado democrático sobre el que ahora mismo debiéramos también reflexionar. Tanto la memoria histórica, como la experiencia y la cultura políticas son formas de poder que es suicida menospreciar.

En el año 887 el Reino de Nabarra es reconocido en Friburgo por los diferentes reinos que allí se dieron cita. Así mismo el historiador castellano Luciano Serrano se ve precisado a reconocer: “A principios de la décima centuria Vasconia se erige en reino, y no sólo con SU ANTIGUO, sino con todo el país de habla vasca” (…) (“Orígenes del Señorío de Vizcaya en época anterior al siglo XIII” 1941).

La constitución material y formal del reino pirenaico, el pacto entre príncipe y pueblo sobre el que se constituye y mantiene, su carácter confederal, la idiosincrasia y las costumbres de sus habitantes, su concreta práctica política, los diversos códigos legales por los que se ha regido, revelan el carácter democrático del mismo, por mucho que ello moleste a nuestros enemigos y traten, con tanta mayor insistencia cuanto más arbitrariamente, de negarlo. No tenemos la menor intención de discutir con ellos en las actuales condiciones. Componen una lista casi tan larga como la de los necios de los que habla la Biblia y tenemos menesteres más urgentes que el de enfrentarnos a ellos en su terreno y con las reglas que ellos imponen.

Además de consumados truhanes intelectuales, son funcionarios bien retribuidos, como lo fueron en su día López de Palacios Rubios, Llorente y Balparda entre otros, con encargo de confundirnos y debilitarnos. Tiempos vendrán en los que los estudiantes de nuestras universidades estarán en condiciones de investigar objetiva, minuciosa y críticamente nuestro pasado. Por ahora, en ausencia de centros e investigadores ‘oficiales’, nos basta el fuerte sentimiento de amor por la libertad que nos han transmitido nuestros más cercanos antepasados y nuestros propios contemporáneos, para estar seguros de que nosotros “no queremos las cadenas”; no nos gustan.