EL IMPERIO MENGUANTE


EL IMPERIO MENGUANTE
Alots Gezuraga

Cronología del imperio menguante:


“Estamos presentes para decirles qué significa para nosotros el 12 de octubre (de 1492): el inicio de la usurpación de los derechos de los pueblos indios y la imposición de una civilización europea única. (…) Estamos aquí para demostrar que nosotros, descendientes y herederos de aquellas naciones territorialmente invadidas y políticamente colonizadas, estamos volviendo a organizarnos con nuestros propios valores para volver a ser lo que fuimos antes de la colonización: ¡Libres!” Octubre de 1986, extracto del manifiesto de las naciones indias aymará, koya, kamsá, kuna, maya-cakchiquel, purépecha y quechua ante la Comisión española del V Centenario.

Nuestra libertad interna o democracia hacía que los nabarros no codiciáramos más que lo que era nuestro, por eso “no tenemos Imperio y así está bien. Lo nuestro es la libertad”, recordaba el ensayista político Joxe Azurmendi. Pero la libertad en la que vivía Nabarra en los siglos XVI-XVII molestaba a los integristas religiosos de su momento: España y Francia, los “reyes católicos” y “los reyes cristianísimos”, según los títulos otorgados por el emperador del Vaticano, el libertino Alejandro VI Borgia.

Nicolás Maquiavelo fue un observador avezado de aquellos tiempos, el cual nos dejó escrito para la historia en su libro “El príncipe” sobre Fernando II de Aragón “el Falsario” y la invasión de Nabarra de 1512-1516: “Para poder llevar a cabo empresas mayores, siempre sirviéndose de la religión, recurrió a una devota crueldad (…). El rey de España ha querido fortificarse en el reyno de Navarra, que ha conquistado y cuya posesión deseaba” (…) “Los hispanos, por el contrario, ocultan y se llevan cuanto han hurtado, de tal suerte que no se vuelve a ver nunca nada de lo que han hurtado”. Recordaba el doctor en historia Manex Goyhenetche en su libro “Historia General del País Vasco” que “Nabarra fue el primer laboratorio de observación y aplicación del maquiavelismo” (Edit. Ttartalo 2005).

En contra de la voluntad de los propios Reyes Católicos, la unión de las coronas castellano-aragonesa se consolidó gracias al empuje militar y sobre todo religioso de su nieto, el emperador franco Carlos V de la familia de los Habsburgo. Los Habsburgo o Casa Austria, terminaron coronando un Imperio con 17 Estados y condados “donde no se ponía el sol”, pero donde cada cual tenía sus instituciones, leyes o Fueros, Cortes y Parlamentos, por lo que era la unión de diferentes reinos en un mismo Emperador, hecho muy frecuente en toda la Edad Media y Edad Moderna europea. Carlos V de Alemania será, Carlos I de Castilla, de Aragón, de León, de las dos Sicilias, de Nápoles etc., pero no fue rey de una inexistente España, ningún Habsburgo tuvo el título de rey de España. Es más, aunque intentó titularse Carlos VI de Nabarra, este título era de los Albret o Labrit que siguieron reinando tras liberar una parte de Nabarra desde 1530.

La unión dinástica no supuso la creación espontánea de la nación española y ni tan siquiera de España o del actual Estado español. La corona de los Habsburgo, en su parte hispana, pasó a los Borbones a principios del siglo XVIII con el francés Philippe V de Anjou, que tampoco será “rey de España”. Una sentencia del Tribunal Supremo español de diciembre de 2017 sobre el marquesado de Orya (perteneciente al reino de Sicilia de la Corona aragonesa), señala que: “A los títulos nobiliarios concedidos por la Corona de Aragón no les es de aplicación la legislación castellana” y añade que la firma del Duque de Anjou nunca incluyó la palabra “España”, que tampoco figuró nunca en las rúbricas de los reyes de la casa de Austria ni tampoco en las de los Reyes Católicos.

El desmoronamiento de aquella corona se produjo muy pronto en África (resurgiendo después en el siglo XX) y en gran parte de Europa, pero duró hasta el siglo XIX en América o en Filipinas. El propio Nicolás Maquiavelo advertía de la necesidad vital del hombre y de todo pueblo de ser libre: “Y quien se adueñe de una ciudad acostumbrada a ser libre y no la destruya, que se espere ser destruido por ella, porque el nombre de la libertad y de las antiguas instituciones siempre encuentra refugio en la rebelión, y ni el tiempo transcurrido ni los beneficios obtenidos pueden hacer que sean olvidadas”.

Hasta la invasión francesa (1808-1814), Castilla y Aragón eran totalmente soberanos en su territorio. Dentro de la corona de Castilla, cada territorio conquistado del reino de Nabarra mantenía su autonomía aunque no eran soberanos, virreyes y corregidores así como todos los cargos eclesiales o funcionarios reales castellanos, gobernaban e intentaban imponer las necesidades económicas de la corona como al resto de colonias, además del idioma castellano.

Las colonias de ultrapuertos aprovecharon la coyuntura favorable de la toma por el ejército napoleónico de lo que se llamaba Las Españas en 1808 para lograr su independencia, gracias a la traición a de los reyes franceses de la familia de los que se pasaron al bando napoleónico Bourbones y de su primer ministro Godoy. El referente de las colonias americanas españolas era la independencia conseguida por Estados Unidos en 1776 de Inglaterra. El político e historiador mexicano Lucas Alamán (1792-1853) en “Historia de México”, comenta que la mayoría de los conquistadores de América eran de Extremadura -de Badajoz y de Medellín-, y los que provocaron la caída del Imperio español fueron “de las provincias vascas”. Nuestros ancestros, imbuidos pese a todo en el derecho pirenaico y las ansias de libertad, coadyuvaron activamente a liberar los grandes territorios americanos colonizados por los españoles, pero 200 años después aún nos queda por descolonizar nuestro propio país.

El caraqueño Simón Bolívar (1783-1830) vivió durante un período de trece meses en el país de sus antepasados residiendo en el Casco Viejo de Bilbao. Simón Bolívar aprovechó ese año para visitar junto a su pariente Pedro Antonio Bolívar de Munguía el árbol de Gernika, símbolo de las libertades vascas y donde se reunían las Juntas Generales de Bizkaia. Estas Juntas Generales tuvieron su réplica después en las similares Juntas Criollas que gobernarán los territorios alzados contra el imperialismo español. El caraqueño relata en una carta la emoción que le produjo visitar el pueblo de sus antepasados, la Puebla de Bolibar de cuya casa Rementeria salió hacía 5 generaciones Simón Bolívar “el Viejo”, que consiguió que Caracas fuera la capital de Venezuela.

Bolívar acudía con asiduidad a las tertulias enciclopedistas que daban Antonio Adán de Yarza Vélez de Larrea y Tavira del palacio Zubieta de Ispaster, formado en el Seminario de Nobles de Bergara, junto a su amigo Valentín Tadeo de Foronda que además de al Seminario pertenecía a la Real Compañía de Filipinas. Ambos estaban relacionados con los enciclopedistas franceses desde su centro neurálgico que tenían en la calle Bidebarrieta del Casco Viejo bilbaíno (hoy una preciosa biblioteca pública), donde se hacían las tertulias ilustradas de la villa a las que acudía son asiduidad el joven Bolívar. Por tanto, la ilustración de Simón Bolívar y gran parte de su cultura política la adquirió en ese año que estuvo en Bilbao. Bolívar en sus "Escritos políticos" dirá después:” “Es más difícil, dice Montesquieu, sacar un pueblo de la servidumbre que subyugar uno libre. Esta verdad está comprobada por los anales de todos los tiempos, que nos muestran las más de las naciones libres sometidas al yugo y muy pocas de las esclavas recobrar su libertad".

Mientras, en la península ibérica, surgía la idea de un Estado español a imitación de lo que la Revolución Francesa primero y Napoleón después estaban haciendo en Francia: un Estado centralizado, monolingüe en castellano y uniformizado en leyes y “ciudadanos”, lo que llevaba implícito acabar con los Estados anteriores y por tanto también con las naciones de esos Estados para crear la nación española, que aparece por primera vez definida en la Constitución de Cádiz de 1812. Es el la nación español como si de un Madrid centrifugado se tratase: “Don Fernando VII, por la gracia de Dios y la Constitución de la Monarquía española, Rey de las Españas (sic.): Art. 1º. - La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”. En la corona de Aragón, los valencianos se alzaron por el absolutismo borbónico al grito de “queremos las cadenas, fuera la nación”, esa nueva nación que querían imponerles y que no era la suya.

La creación de España en el siglo XIX, chocó con el sentimiento libertador del pueblo nabarro o baskón, el cual, pese a la ocupación militar española y francesa, se mantuvo firme en su lucha por los Fueros o leyes propias todo ese siglo, rebajándolo a un “Estatuto” en el siglo XX. El gran General carlista Zumalakarregi definió su lucha en “defender nuestra libertad que son los Fueros (…) nuestras cosechas, nuestros ganados, nuestras costumbres (…) nuestros derechos, nuestra religión y nuestro Dios”. El político suletino Agosti Xaho comentó entonces: “La envidia de los castellanos fue el primer motivo de esta guerra. No podían sufrir que las provincias vascas se administraran por sí mismas, en completa independencia (…)".

El falso imaginario histórico del nacionalismo español, donde la unidad española se produjo en época romana o antes, les lleva a una agresividad permanente hacia todas las demás naciones peninsulares que no son más que el último reducto de todas las colonias castellano-aragonesas, atacando sus idiomas o cualquier ley que no sea común a todo el territorio estatal, aunque jamás se ha producido tal circunstancia (ni durante las dictaduras), lo que conlleva a menospreciar la historia de los Estados que no sean el castellano (ni siquiera el aragonés se libra) y sus idiomas propios, e intenta imponer su modelo y sus deseos de una nación común sobre cualquier otra circunstancia, aunque sea mediante el genocidio (única forma de interpretar los 114.000 desaparecidos y los 40 años de represión fascista o nacional-católica posterior).

El nacionalismo español no se reconoce a sí mismo, oficialmente no existe. Cuando queremos referirnos a su ideología se usan adjetivos periodísticos como “españolismo” y en las redes sociales o en las conversaciones de a pie se les llama abiertamente “fachas”. Pero facha viene de la síncopa de fascista, por ser el dictador de ideología fascista Francisco Franco el mejor resumen del nacionalismo español (nacional-catolicismo entonces), cuando en realidad hay muchos nacionalistas entre los españoles de partidos posicionados como de izquierdas, siendo del todo cierto que lo más parecido a un nacionalista español de derechas es otro de izquierdas. “Quisiéramos un Gobierno que prohibiese los Juegos Florales, que no permitiera la literatura regionalista, que acabara con todos los dialectos y todas la lenguas diferentes de la nacional” Parlamentario del PsoE en las Cortes de Madrid durante la Segunda República española en 1931 (“Asedio a Euskadi” J.M Torrealdai).

Un nacionalista español cree que la única forma de ser español es la suya, cualquier otra manera de concebir España o Las Españas es inaceptable para esta ideología. El supremacismo del nacionalismo español  lo resumía así el poeta castellano Antonio Machado en el año 1937: “De aquellos que dicen ser gallegos, catalanes, vascos antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles incompletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse”. Esta frase resumen perfectamente la forma de ver a los demás españoles y a las demás naciones peninsulares del nacionalismo español: son unos mentirosos porque sí que son españoles, pero son “incompletos”, pero hay que desconfiar de ellos, tienen una minusvalía mental que los hace españoles “insuficientes” y no se puede esperar nada “grande” de ellos, entendiendo en ello un acto patriótico por España.

El peor enemigo del nacionalismo español lo constituyen precisamente esas naciones que no quieren dejar de serlo. Los filósofos españoles más ilustres saben que en realidad el nacionalismo español no es más que el nacionalismo castellano-madrileño del siglo XIX que se trata de imponer a los ciudadanos de los Estados que conquistó (Nabarra y Granada) o a los que se unió (Asturias-León y Aragón). Ortega y Gasset en su libro “España Invertebrada” era sincero cuando decía: “no se le dé más vueltas: España es una cosa hecha por Castilla” y después añadió “Castilla hizo España y Castilla la deshizo”. El bilbaíno Miguel de Unamuno pensaba lo mismo: “España tenía dominios allende los mares, predominó y debió predominar Castilla, el pueblo central, el más unitario y más impositivo, sí, pero el menos egoísta. Gran generosidad implica el ir a salvar almas, aunque sea a tizonazos”. Almas de allende de los mares y de estos mares.

Frente a la “normalidad” del nacionalismo español, nacionalismo gallego, catalán o vasco (aunque hay más aún no castellanizados del todo), son artificiales, recientes en la historia, y en el fondo no son más que intereses económicos particulares escondidos en falsas diferencias lingüísticas (porque todos hablan español, es decir, el castellano) o históricas; son nacionalidades inventadas por unos personajes racistas y paletos, contra natura, a los cuales intentan ridiculizar constantemente.

¿Y los nabarros? De Nabarra mejor no le hables a un español, porque Nabarra, es cuestión de Estado: “Pro libertate patria gens libera state; por la libertad de la patria, nabarros, no permitáis nunca que la llama de la libertad se extinga en el interior de una sola casa, de un solo pecho nabarro” Manifiesto de Hondarribia, Orreaga Iritzi Taldea. El derecho de libertad, libre disposición o autodeterminación de todos los pueblos es el derecho de independencia unilateral, incondicional e inmediata frente al imperialismo, según la resolución del Tribunal de la Haya del 15 de julio del 2010 y ratificado en diciembre de ese año por la ONU.


COLONIAS ESPAÑOLAS O CASTELLANO-ARAGONESAS Y LA FECHA DE SU INDEPENDENCIA, y no están todas pues hay algunas pequeñas islas y plazas no incluidas:


  • AMÉRICA

- Antigua y Barbuda (1632)
- Bahamas (hasta 1670),
- Trinidad y Tobago (1674), Granada (1674),
- Jamaica (hasta 1655),
- San Cristóbal y Nevis (Saint Kitts y Nevis),
- Dominica (1783)
- Barbados (1624)
- Santa Lucía (1654)
- Luisiana: cedida por Francia a España desde 1762 hasta 1801 (Estados de Luisiana, Arkansas, Oklahoma, Kansas, Nebraska, Dakota del Sur, Dakota del Norte, Wyoming, Montana, Idaho, Minnesota y Iowa).

- México 1810
- República bolivariana de Venezuela 1811
- Argentina 1816
- Chile 1818
- Colombia1819.
- Panamá se separa de Colombia en 1903
- Perú 1821
- Honduras, Costa Rica, Guatemala, El Salvador y Nicaragua 1821
- Islas Malvinas (hasta 1810)
- Ecuador 1822
- Bolivia 1825
- Uruguay  1825
- Paraguay 1842
- Cuba 1898
- Puerto Rico 1898

  • ASIA

- Capitanía General de las Filipinas (1565-1898) que incluía Sabah (norte de Borneo 1521-1885).
- Protectorado sobre Camboya (1597-1599).
- Norte de Taiwán (Gobernación española de Taiwán 1626-1642).
- Brunéi (72 días en 1578).
- Papúa Occidental y las regiones de Nabire y Yapen Waropen en Indonesia (1606-1663).
- Ternate (1606-1663) y Tidore (1526-1663) Indonesia.
- Nagasaki (Japón 1581-1587).
- Tahití (1774-1775)
- Filipinas (1898)

  • ÁFRICA

- Orán (Oranesado 1509-1708, 1732-1791) y Mazalquivir (Argelia).
- Argel (1510-1530) Argelia junto a numerosas plazas.
- Trípoli occidental (1510-1551) cedida a la Orden de Malta 1523, Libia.
- Túnez (1535 y 1574).
- Tetuán (1860-1862) y (1912-1956 cosoberanía).
- Gran Ifni (1860-1969, Marruecos).
- Marruecos (1912-1956, protectorado español).
- Guinea Española (1843-1968).
- Sáhara español (1885-1975).

• Plazas de soberanía española actualmente:

- Islas Canarias (desde 1478).
- Melilla (desde 1497)
- Peñón de Vélez de la Gomera (1508-1522; desde 1564).
- Isla de Limacos (desde 1509).
- Isla de Alborán (desde 1540).
- Islas Alhucemas (desde 1559).
- Ceuta (desde 1580).
- Las islas de Perejil (desde 1580)
- Islas Chafarinas (desde 1848).


  •  ARCHIPIÉLAGOS ATLÁNTICOS:

- Isla de Pascua (1770): ceremonia de toma de posesión, sin dominio efectivo.
- Islas Marianas (1521-1899): actuales Guam e Islas Marianas del Norte.
- Islas Carolinas (1528-1707, 1875 y 1885-1899): República de Palaos, Estados Federados de Micronesia, Islas Marshall (1885), Islas Gilbert e Islas Santa Cruz.
- Islas Vanuatu: corta duración (1606).

  • EUROPA

- Portugal: desde 1580 hasta 1640. Además se incluyeron todos los territorios del Imperio portugués.
- Franco Condado (1654-1679) y Charolais: en la zona centro-oriental de Francia.
- Ducado de Milán (Milanesado): en el norte de Italia.
- Países Bajos Españoles: Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos, actual norte de Francia, Artois, Ardenas, Mosela, Norte-Paso de Calais, y En Alemania occidental Bitburg-Prüm.
- Olivenza: desde 1297 (Portugal).
- Baja Navarra: 1512-1530.

  CORONA DE ARAGÓN:

- Ducado de Atenas: 1310-1444.
- Reino de Nápoles: el actual sur de Italia, junto con las islas de Sicilia, Cerdeña y Malta
- Rosellón: Catalunya Norte entregado a Francia (1659 Tratado de los Pirineos), salvo el enclave de Llivia.

El mismo tratado (1659), creó la cosoberanía franco-española sobre la Isla de Los Faisanes o Konpontzia sobre el río Bidasoa, el único caso actual de una cosoberanía en el mundo.

En Europa, la única colonia que queda a España es Nabarra y la plaza portuguesa de Olivenza.

Ninguna de todas estas colonias se ha independizado mediante referéndum ni ha tenido la menor intención de volver a integrarse en el imperio español.

Catalunya también se puede considerar una colonia, pues todos los intentos que ha hecho para no integrarse en la corona castellano-española desde XVII, han sido brutalmente reprimidos contra los deseos de libertad del Pueblo catalán, la última vez el 1 de octubre del 2017, represión contra el Pueblo catalán que hoy sigue y sigue...





LA RAZA ESPAÑOLA Y SU HISTORIA


LA RAZA ESPAÑOLA Y SU HISTORIA
Alots Gezuraga


 “Los unitarios que sueñan con la unidad impuesta de la fuerza hablan de raza española” Miguel de Unamuno y Jugo (1864 Bilbao-1936 Salamanca).


La ideología del nacionalismo español parte de falsos mitos históricos que juegan un papel fundamental en todo su imaginario. Pero ésta ideología ha tenido y tiene además otras bases como el Imperio castellano, la religión católica apostólica, el territorio peninsular como un límite nacional y cultural natural, así como la raza española. El concepto de raza no es estanco en el tiempo y fue evolucionando. En el caso español, la idea de una raza española diferenciada y superior a otras está en su génesis y pervive en nuestros días.

La condición de “limpieza de sangre” se implantó en la corona aragonesa en el siglo XII y en la castellana en el siglo XV a través de la Santa Inquisición de la Iglesia Católica, creada para luchar contra las herejías y que no fue abolida oficialmente hasta el siglo XIX (en la Nabarra soberana no existió). Es así que para ser funcionario, incluso en el siglo XIX, los aspirantes tenían que demostrar ser: “limpios de toda mala raza, de moros, judíos nuevamente convertidos y Penitenciados por el Santo Oficio de la Inquisición”. Es decir, para la Iglesia Católica y para España, había gente de raza “limpia” y otra que debían desenmascarar y perseguirla hasta su exterminación o expulsión.

Uno de los casos más famosos es el del liberal gaditano protagonista de las “Desamortizaciones de Mendizábal” (1836), donde numerosas tierras eclesiales pasaron de manera corrupta a manos de los oligarcas y no a los labradores que las necesitaban. La madre de Juan Álvarez Méndez (1790-1853) era de origen judío, pero para que nadie “tirase de la manta” (manta que existía realmente, tejida con los apellidos de los conversos y guardada por la Iglesia), cambió Juan sus apellidos por el vasco “Mendizabal” y declaró en su acta matrimonial ser natural de Bilbao, al no haber llegado el emirato cordobés hasta la Nabarra Marítima y no haber una colonia de judíos en el entonces puerto de Begoña llamado Bilbao.



España y el Vaticano en el siglo XVI llevaron la idea de limpieza racial a sus colonias americanas y Filipinas donde se practicaba el paganismo (desde la cosmovisión cristiana). Tras someter a toda la población a la religión católica apostólica, esta teología y la administración imperial habían creado una sociedad dividida en razas y sus mestizajes a las que llamó “castas”. A cada casta le correspondía un estatus social, lo que suponía aplicarle unas leyes o derechos diferentes, en un modo similar a la religión hindú o al apartheid surafricano. Así, desde su nacimiento hasta su muerte, una persona quedaba encuadrada en una casta y para ello la Iglesia Católica llevaba un registro exhaustivo de bautizos y matrimonios. Es más, según esta clasificación social de las personas según el color de la piel, a cada casta le correspondía unas cualidades determinadas que le hacían apta para una serie de trabajos e incapaz de realizar otros.

Por ejemplo, si predominaba el aporte europeo en los rasgos de una persona sería un “criollo” o cuasi español nacido en América, convirtiéndose en la casta superior o dominante, apta para todo tipo de puestos administrativos-coloniales o militares. Sin embargo, si los rasgos predominantes eran los genes amerindios, la denominación más extendida era la de “cholo”, término de carácter despectivo y a quienes correspondía un puesto de trabajo más físico y dependiente del primero. A finales del siglo XVIII se podía pagar por una “gracia al sacar”, que era como se llamaba al soborno a la administración imperial para “subir” en el escalafón social a una casta superior, salvo que predominara la sangre negra que no había opción a este soborno.

El antropólogo berlinés Alexander Von Humboldt en su “Ensayo Político sobre la Nueva España” (1822) comentaba que: “En España es una especie de título de nobleza no descender ni de judíos ni de moros; en América, la piel más o menos blanca decide el rango que ocupa el hombre en la sociedad (…). Hay siete castas distintas: 1) los individuos nacidos en Europa, llamados vulgarmente gachupines; 2) los españoles criollos, o los blancos de raza europea nacidos en América; 3) los mestizos descendientes de blancos y de indios; 4) los mulatos descendientes de blancos y de negros; 5) los zambos descendientes de negros y de indios; 6) los mismos indios, o sea la raza bronceada de los indígenas y 7) los negros africanos”.
La situación inicial se fue complicando y aparecieron las que se llamaban “cruzas”. Las principales cruzas eran las siguientes, aunque la lista era mucho más larga y podía variar de un virreinato a otro (https://es.wikipedia.org/wiki/Casta):

De español e india nace mestizo.
De mestizo y español, castizo.
De castiza y español, español.
De española y negro, mulato.
De español y mulato, morisco.
De español y morisca, albino.
De español y albino, torna atrás.
De indio y torna atrás, lobo.
De lobo e india, zambazo
De zambazo e india, cambujo.
De cambujo y mulata, albarazado.
De albarazado y mulata, barcino.
De barcino y mulata, coyote.
De coyote e india, chamizo.
De chamizo y mestiza, coyote mestizo.
De coyote y mestizo, chango.


Mucho peor era el tema de la esclavitud, consagrada incluso en la Constitución de Cádiz de 1812, la cual en su artículo primero hablaba por primera vez de la nación española y la definía como “la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”, pero en su Capítulo II matizaba y consagra la esclavitud de cientos de miles de africanos y asiáticos de los cuales sólo eran españoles: “Los libertos desde que adquieran la libertad en las Españas (sic.)”, a principios de ese siglo se escribía todavía “las Españas” en plural, pues era un término geográfico en referencia a los reinos o Estados de la corona de los Bourbones y sus colonias.

Poco antes de perder casi todas las colonias de ultramar, el propio presidente del gobierno español Cánovas del Castillo dijo: "Los negros en Cuba son libres, pueden tener compromisos, trabajar o no trabajar... y yo creo que la esclavitud era para ellos mucho más preferible a esta libertad (...). Esos salvajes no tienen otros dueños que sus instintos, sus apetitos primitivos" (“L’Espagne en 1897” Gaston Routier). España llegó a tener 300.000 esclavos en Cuba, en una isla que contaba con 1,5 millones de habitantes. El malagueño Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897) era miembro del bando liberal conservador, fue un golpista y un político corrupto contrario a la democracia y al sufragio universal. Todo ello no parece obstáculo suficiente para que la historiografía española lo considere como uno de los “padres” de la patria española y uno de los referentes ideológicos del Partido Popular por apoyar el centralismo castellano-madrileño de todas las coronas hispanas, así como por la “Restauración” de la monárquica tras un Golpe de Estado a la Primera República española.


De aquellos lodos nació la generación literaria conocida como la del 98, año de la pérdida de las islas coloniales de Cuba, Puerto Rico y Filipinas a manos estadounidenses. Generación con autores como el bilbaíno Miguel de Unamuno, el donostiarra Pío Baroja o el vitoriano Ramiro de Maeztu, junto a Ramón del Valle Inclán, Rubén Darío, Azorín, Antonio Machado, Jacinto Benavente etc. Tenían todos estos escritores y poetas su sentimiento español alicaído por la pérdida colonial, relacionaban España sólo con Castilla como el reino que lo había acuñado (a excepción de Baroja), creando dentro de su añoranza una visión cuasi bucólica y a la vez decadente de España, la cual, según su forma de pensar, se estaba desmoronado, sembrando las simientes del nacionalismo español junto con los políticos de la “Restauración” y los historiadores de la Real Academia de la Historia.

Junto con la superioridad de la raza blanca aceptada en toda Europa en general, a finales de ese siglo XIX la ciencia empezó a categorizar “subrazas” según mediciones craneales. En el siglo XX en Europa se buscaban las “razas nacionales”, igualando los término “raza” y “nación”. En esta clasificación la “raza española”, que sería dolicocéfala y mediterránea, quedó en un grado intermedio frente a las arias por ejemplo, por las supuestas cualidades que poseía: gran religiosidad, alta moralidad, historia imperial o laboriosidad, pero con una estructura física media-baja y una tez demasiado morena para los supremacistas blancos. El conjunto de estas cualidades físicas y psicológicas daban supuestamente como resultado la nación española. Impulsados por la visión del darwinismo social en boga en esos momentos, se creía que las razas más fuertes y mejor adaptadas tenía la obligación de dominar o eliminar a las demás, impulsando así de nuevo el colonialismo europeo dentro y fuera del continente. Por tanto, durante casi todo el siglo XX, raza y nación se convierten en sinónimos.

El madrileño Ortega y Gasset (1883-1955) en su trabajo “España invertebrada” escrito 1921, resumía la base del nacionalismo español en tres fundamentos: “la raza relativamente autóctona, el sedimento civilizatorio romano y la inmigración germánica”. En su libro más significativo, “La rebelión de las masas” (1929), este autor insistía en la cuestión pero matizaba: “La relativa homogeneidad de raza y de idiomas que hoy gozan - suponiendo que ello sea un gozo -, es resultado de la previa unificación política. Por lo tanto, ni la sangre ni los idiomas hacen al Estado nacional, antes bien, es el Estado nacional quien nivela las diferencias originarias”. Es decir, para Ortega y Gasset y para el nacionalismo español en general, España es algo hecho por la monarquía castellana y sus generales, Castilla es el Estado central y dominador de los demás, España era y es concebida como “un Madrid centrifugado”. 

La revista “Raza Española” fue fundada en Madrid por Blanca de los Ríos, influida por el pensamiento del santanderino Marcelino Menéndez Pelayo (1853-1912), imitando las publicaciones que intentaban promocionar España como potencia imperial, en la línea de “La Revista de la Raza” (1914-1928) dirigida por Manuel Luis Ortega (1888-1943), africanista y miembro de la Real Academia de la Historia española. En los años de su publicación (1919-1930), la lista de colaboradores de “Raza Española” fue amplia y de renombre, con catedráticos de universidad y directores de diversos organismos culturales estatales como la escritora Emilia Pardo Bazán o los filósofos y periodistas Alfonso Pérez Nieva y Eugenio D’Ors entre otros muchos.




Tras participar y fracasar en las guerras coloniales americanas, en Filipinas y africanas, pero sobre todo tras la derrota del ejército español en el Rif (Batalla de Annual de 1921), el General Miguel Primo de Rivera dio un Golpe de Estado con el consentimiento del rey Alfonso XIII y creó el partido Unión Patriótica de ideología fascista y con el ultra catolicismo conservador como elemento diferenciador (nacional-catolicismo), con el lema significativo de “Patria, Religión y Monarquía” (1923-30). Pretendía el golpista devolver a España el orgullo de su pasado imperial, ya que, según el dictador, eran “conocidas las virtudes de la raza” española, lo que llevó a España a nuevas aventuras coloniales en el norte de África. El mencionado Ramiro de Maeztu Whitney (de padre criollo cubano y madre británica), abrazó el nacional-catolicismo, y en su libro “Defensa de la Hispanidad” publicado en 1934, sostenía la superioridad espiritual e ideológica de la raza española: “La raza, para nosotros, está constituida por el habla y la fe, que son espíritu, y no por las cualidades protoplásmicas". Es decir, la raza española era la que hablaba el idioma castellano y además practicaba la religión católica.


Es significativo que el día nacional de España (desde ese siglo XX en singular), se llamara precisamente “el día de la raza” desde su promulgación por el nefasto Bourbon Alfonso XIII en el año 1918 y hasta 1958, siendo su conmemoración el 12 de octubre, el día en el que genovés Cristóbal Colón llegó a América en el año 1492. En el año 1935, durante la Segunda República española, se creó mediante concurso público una “bandera de la raza Hispánica”, que constaba de tres cruces moradas y un sol que recordaban tres barcos de Colón rumbo a poniente. Además se instalaron estatuas y placas a la “raza hispana” en varios lugares de España y América, como en la Plaza de España de Sevilla, la cual se acompaña con versos del poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916).



Ésta conmemoración cambió de nombre durante la dictadura del General Francisco Franco (1936-1978), una continuación del fascismo nacional-católico anterior, y la festividad pasó a llamarse “El día de la Hispanidad”, con la intención de hacer extensiva la celebración a todas las ex colonias de antiguos “españoles” (según la Constitución de 1812 que nunca se implantó), siendo un notable fracaso. El propio Caudillo español Francisco Franco publicó un libro en 1942 llamado precisamente “Raza” pero bajo el seudónimo de José Andrade, que después se convirtió en una película propagandística de su Régimen, al estilo del nacionalsocialismo alemán o “nazismo”.

La idea de una “raza española” superior o supremacismo, estuvo presente durante toda la dictadura franquista y era plenamente aceptada por la sociedad española, la cual sacaba a relucir su “raza” en cualquier ocasión, siendo muy habitual en los deportes y especialmente en el fútbol. Pero hay muchos más ejemplos, en los años 60 la Federación de Industriales elaboradores de arroz de España, no dudaron en considerar su arroz como “vigorizante” de la raza española.




Pero el ideólogo fundamental del racismo español del siglo XX fue el médico psiquiatra Antonio Vallejo-Nájera (Palencia 1889-Madrid 1960). Estuvo el palentino en los campos de concentración españoles y después se fue a Alemania a estudiar con los psiquiatras punteros entonces como el nacional-socialista (nazi) Ernst Rüdin. Vallejo-Nájera escribió varios libros sobre la raza española y la necesidad de “limpiarla” (eugenesia), donde decía cosas como: “Contemplamos el panorama nacional profundamente doloridos (….). Parece como si se hubieran agotado los manantiales de energía y vitalidad de la raza. (…) Persigue la eugenesia genetista la selección de los elementos procreadores, a fin de que padres biológicamente perfectos procreen hijos sanos y mejoren progresivamente las razas (…) Del grado degenerativo de la antaño viril raza hispánica sabemos tanto los médicos como los moralistas, sociólogos y políticos (…) Estimular la procreación de los superdotados física y psíquicamente; favorecer el desarrollo integral del niño y del joven; y crear un medio ambiente favorable para la raza selecta". Vallejo-Nájera quería crear una súper raza de aristócratas españoles, idea de la escuela filosófica alemana. La creencia de la necesidad de una clase dirigente elitista y cerrada para gobernar a la “masa” del pueblo, es parte de la ideología del nacionalismo español presente en los libros de Ortega y Gasset. Es por ello que el Régimen Franquista incorporó a los “tecnócratas del Opus Dei” a su cuerpo administrativo, donde se instalarán definitivamente junto a otras sectas del catolicismo más retrógrado en derechos humanos para intentar controlar el poder político, el económico, el educativo y el mediático.

Las ideas supremacistas también llegaron a los historiadores y tuvieron consecuencia políticas dentro de España. El gallego Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) fue uno de los principales ideólogos del nacionalismo español desde la presidencia de la Real Academia de la Historia de España durante el franquismo (1947-1968) y de la RAE (años 1926 y 1947), desde las cuales defendía la castellanización de Cataluña y de los euskaldunes. Se fomentaron en esos años la idea de “limpiar” España de vascos y catalanes por no cumplir con todos los parámetros atribuidos a la “raza española”, pero, sobre todo, por oponerse al proyecto político del nacional-catolicismo y del nacionalismo español en general: centralismo y uniformidad “racial” frente a una visión confederal de España. Estas ideas eran y son compartidas con la “izquierda” española. Es así como el presidente de la II República española en el exilio y miembro de la Real Academia de la Historia, el madrileño Claudio Sánchez Albornoz (1893-1984), aseguraba que los vascos eran “españoles todavía no romanizados de manera integral” y el PSOE atacaba al euskera para pedir su desaparición.




Murió Francisco Franco tranquilamente en su cama en 1975 en olor a multitudes que le aplaudían, salvo los 114.000 “desaparecidos” y los millones de represaliados. Se restauró en España de nuevo el modelo decimonónico de la monarquía junto a la partidocracia y con el ejército como garante de la unidad nacional, pero sin cambiar nada de lo esencial para el nacionalismo español, nuevamente ganador de la contienda y hegemónico: “Patria, Religión y Monarquía”.

A finales del siglo XX el término “raza” adquirió un cariz negativo que hasta entonces no tenía, sobre todo por las limpiezas raciales y étnicas practicadas por el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial que el judeo-polaco Raphel Lemkin bautizó con el neologismo de “genocidio”. No era un método político nuevo en la historia, pues casi todos los imperios lo habían practicado desde tiempos prehistóricos (incluida Castilla en su conquista de América de donde viene la “Leyenda Negra” de España), pero sí era novedosa la sistematización en la eliminación de un grupo social y la capacidad de los medios de comunicación para difundirlo y documentarlo.

El propio nacional-catolicismo, para terminar de introducir el idioma castellano y el sentimiento español a aquellas tierras de la corona aragonesa y de la Nabarra donde aún no lo habían conseguido pese a todas las leyes e imposiciones administrativas y religiosas, combinó el genocidio físico y biológico (expatriación y repoblación) con el cultural (prohibición de hablar catalán y euskera), tal y como los definió Lemkin, y que quedó visualmente plasmado en el documental de Jorge Grau presentado al propio dictador que lleva por título “Ocharcoaga 1961” (https://www.youtube.com/watch?v=-sOB0rQ_B0E), hechos bien documentados en libro de Xabier Irujo Amezaga (Genocidio en Euskal Herria). Muchas de las medidas del genocidio cultural las resumí en el artículo “250 años de leyes contra el euskera y el catalán” (http://nafarzaleak.blogspot.com.es/2015/12/250-anos-de-leyes-contra-el-euskera-y.html).


Hoy en día el término “nación” ha sustituido al término “raza” pero la ideología supremacista perdura en España. Es fácil observarlo ante el inmigrante africano e incluso, contradictoriamente, ante el hispano. Pero en el siglo XXI existe el supremacismo dentro de España. Para el nacionalismo español todos los demás idiomas peninsulares siguen siendo inferiores al castellano y sus hablantes no tenemos los mismos derechos, convirtiéndonos en ciudadanos de segunda. En España es frecuente el menosprecio al euskara, al gallego o al catalán, ni que decir a idiomas casi desaparecidos como el bable o el romance navarro-aragonés. Hay una cultura “nacional” española superior y otra “regional” inferior. Así podemos afirmar como Ortega y Gasset que “Castilla hizo España y Castilla la deshizo”.

En la España del siglo XXI se apela a la unidad nacional de la “limpieza de sangre” del apellido castellano a los cientos de miles de independentistas catalanes nacidos en Catalunya, pero cuyos padres sufrieron las políticas de repoblación llevadas a cabo por el franquismo, quedando unido e inseparable lo español con Castilla, siendo por tanto los catalanes y los vascos los nuevos “moros y judíos” o una “casta” inferior. Las imágenes de la represión contra el Pueblo catalán junto a los miles de insultos supremacistas en las redes sociales han recorrido el mundo, pongo éste ejemplo que nos da un twittero de apellido Martínez, el cual ni siquiera es catalán sino vasco (octubre del 2017):




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MITOS UNIONISTAS DE ESPAÑA


MITOS UNIONISTAS DE ESPAÑA
Alots Gezuraga



La ideología del nacionalismo español se cimentó en el siglo XX y tiene como base varios falsos mitos históricos sobre una unidad política ancestral de la península ibérica con la que se quiere justificar la base fundamental de esta ideología, el supuesto “destino universal” de España “Una y Grande”.

La primera unidad del imaginario del nacionalismo español es una provincia de Hispana dentro del Imperio Romano, de la que sería su natural sucesor el Imperio Godo de Toledo, ya soberano, que fue invadido por los “extranjeros” musulmanes, por lo que en la Edad Media los reinos católicos peninsulares se unieron durante la reconquista para expulsarlos, lo cual concluyó con la entronización de los Reyes Católicos, siendo el colofón de la recuperación de la unidad patria la capitulación de Granada el 2 de enero de 1492. Todas estas teorías “unionistas”, no son más que falsos mitos pero juegan un papel central en todo el imaginario del nacionalismo español, no ya en el siglo pasado, sino también en el régimen actual.

Es frecuente oír hablar de un origen romano de Hispania (España) en base a una unidad administrativa romana de la península ibérica. En realidad nunca hubo tal, pues no hubo un procónsul para toda la península ibérica ni Roma tuvo la intención de unificar administrativamente Iberia, que era el nombre griego de la península y con el que se conocía anteriormente en el mundo mediterráneo y oriental. Durante la expansión romana desde la península itálica en su lucha contra Cartago, existían las provincias de Hispania Citerior y Superior (la conquistada y la libre, la pretendida por Roma y la pretendida por Cartago), llegó a tener la península ibérica tras su definitiva ocupación romana (poco antes del año cero de nuestra Era), hasta seis provincias con sus procónsules respectivo y numerosos “conventos” o subdivisiones administrativas que abarcaban incluso el norte de África llamada Hispania Tingitana.


Por tanto, durante el Imperio Romano Hispania no correspondía siempre con Iberia, e incluso entre los escritores romanos el Pirineo estaba dentro de la Galia y no de Hispania, idea que después se mantiene en el siglo VIII como queda constatado en los textos alto medievales de San Eulogio de Córdoba o en el siglo XII en la guía del peregrino jacobeo Aymeric Picaud, para los cuales Hispania empezaba en la llanura bajo el Pirineo o pasada la Sonsierra entre Alaba y La Rioja, quedando por tanto fuera las actuales Bizkaia, Gipuzkoa, Alaba y el norte de Alta Nabarra, Huesca, Lleida y Girona.

Para el nacionalismo español, Roma habría dado a España toda su esencia: Una unidad administrativa, un idioma que viene directamente del latín (en referencia sólo al castellano), la idiosincrasia mediterránea, la raza latina y la religión cristiana católica. Por ello, para el nacionalismo español, los romanos de Hispania son los primeros españoles. Es evidente que nada de ello es cierto, y como dejó bien claro el antropólogo e historiador madrileño Julio Caro Baroja en su libro “Sobre la lengua vasca”: “(…) la palabra hispano, como íbero, tienen un sentido geográfico y no otro”. Es más, ni siquiera la palabra Hispania es latina sino púnica y fueron los cartagineses quienes llamaron así a la península ibérica cuya traducción sería “tierra de conejos”, según la Enciclopedia Larousse de Historia. Es decir, Hispania era como decir hoy Europa, América central o Península de Escandinavia.

Además, es falso que en época romana todo el mundo hablara latín en Iberia. El latín era el idioma de la administración y de la legión en el Imperio Romano Occidental, pero incluso entre ellos casi nadie era monolingüe en latín, y menos fuera de las grandes ciudades o cargos administrativos, donde su uso familiar sería muy reducido y estaría muy “corrupto”. Ni tan siquiera era el latín la lengua de la cultura sino el griego, que además se hablaba en todo el Imperio Oriental como lengua franca. De hecho, para explicar la subsistencia del euskera, nacionalismo español afirmaba que los baskones éramos “españoles todavía no romanizados de manera integral”, expresión literal, anacrónica e incongruente del madrileño Claudio Sánchez Albornoz (1893-1984), presidente de la II República española en el exilio y rector de la Real Academia de la Historia de España, uno de los máximos representantes intelectuales de la “izquierda” nacionalista española que tenía su contrapunto en el gallego Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), presidente de la Real Academia de la Historia de España en los años centrales del franquismo o nacional-catolicismo (1947-68), movimiento fascista que será el que lleve estás ideas a las escuelas nacionales adoctrinando así a toda la población española con todo este imaginario recién creado ad hoc.


Los romanos además habrían aportado a España la religión romana católica, aunque en realidad y pese a ser la única religión oficial desde el Concilio de Nicea del año 325 hasta la Caída del Imperio Romano Occidental en el año 476, se practicaría hasta el final un amplio espectro de religiones que caracterizó todo el Imperio Romano, por lo que la implantación definitiva del cristianismo se produjo más bien durante la Alta Edad Media. Es más, en muchas comarcas como era el caso de todo el norte peninsular, las religiones prerromanas anteriores siguieron practicándose durante varios siglos más, incluso llegaron al siglo XX en perfecto sincretismo con el catolicismo.

Pero este catolicismo creó otro mito unionista que no he comentado, el único que hoy no pervive ya que ha caído en el olvido por ser el más fantasioso: es el origen bíblico o divino de los españoles. El origen de esta teoría está en una alusión del cronista judeo-romano Flavio Josefo del s. I al patriarca bíblico Tubal como ascendiente de los íberos (hijo de Jafet y nieto de Noé), en referencia en realidad a los “íberos del Cáucaso” (los georgianos), pero que San Jerónimo en el siglo IV confundió con los íberos de la península ibérica.


El historiador y jurista nabarro José Luis Orellá Unzué en “Geografías guipuzcoanas de la modernidad bachiller Zaldivia y Esteban de Garibay” explica que: “La trayectoria historiográfica del Tubalismo habría que jalonarla en Flavio Josefo en sus Antigüedades Judaicas, San Jerónimo en sus Tradiciones Hebraicas, San Isidoro de Sevilla en la Historia Gothorum (s. VI-VII), Rodrigo Ximénez de Rada en su De Rebus Hispaniae (s. XIII) y Alfonso X el Sabio en su Primera Crónica General (s. XIII)”.

El obispo abulense Alonso de Madrigal (El Tostado), afirmaba en el siglo XV que el castellano era la lengua traída por Tubal, y la Enciclopedia Auñamendi explica como el dominico italiano Annio de Viterbo en 1497 reforzaban la teoría del tubalismo, al enlazar genealógicamente la monarquía castellano-aragonesa directamente con Tubal. Así, el cronista de los Reyes Católicos el siciliano Lucio Marineo Sículo, a comienzos del siglo siguiente en su libro “Opus de Rebus Hispanice Urirabilibus”, reafirmaba la tradición del tubalismo hispánico. Esta era todavía la línea argumental en 1601 del influyente historiador Juan de Mariana en su “Historia General de España”, aunque escribió “Hispaniae” en el original latino, la lengua de cultura todavía en ese siglo y no el castellano.

Es decir, aunque el tubalismo se recuerda más porque perduró en el tiempo por las teorías que lo vinculaba con los euskaldunes como descendientes teóricos de los íberos, fueron antes y con más destalle los historiadores de los reyes castellanos-aragoneses los que pretendían que éstos eran descendientes directos de Tubal. Es más, como los godos eran descendientes de Magog, otro de los hijos Jafet, los historiadores castellanos argumentaban que por eso se llevaban tan bien y emparentaban Tubal con los godos y con los reyes castellanos.

Otro mito “unionista” es una falsa unidad política peninsular con los “bárbaros” godos y su Imperio Toledano, con el poder y soberanía peninsular, por lo que sería el antecedente de la actual España. Los godos eran tribus germánicas escandinavas que después de deambular por el Imperio y ser expulsados de las Galias por los francos, llegaron a Hispania, donde nunca dominaron a los baskones, pero tampoco del todo a los cántabros y asturianos, y sólo casi al final de su imperio hispano a los suevos asentados en la actual Galicia. Además hubo varios exarcados o colonias romanas bizantinas en el mediterráneo hispano intentando rehacer el Imperio Romano (incluida Granada).




El reino godo fue efímero en el tiempo y epidérmico, su influencia en el idioma, costumbres peninsulares o incluso su aportación genética, fue casi nula; es más lo imaginado que lo real. Es por ello que los niños en España en las “escuelas nacionales” durante muchos años tenían que recitar la lista de los reyes godos o por lo que en Vitoria-Gasteiz o en Pamplona-Iruña hay estatuas como en el parque de la Florida de reyes godos que jamás pisaron ni mandaron en estas tierras, en realidad son estatuas sobrantes del Palacio Real de Madrid que se mandaron a distintos puntos de la península para remarcar esta idea unitaria entre la gente en 1821, tras la expulsión de los franceses y en busca de una unidad anterior peninsular que justificara la España-nación que querían crear, antecedente romántico del nacionalismo español.


La cuarta idea de unión peninsular es una falsa “reconquista” de la península desde una inexistente Batalla de Covadonga contra las tropas del emir musulmán en una Asturias donde se escondió un último godo que sería el primer Pater Patriae político de España y que respondería al nombre Don Pelayo, mito fundacional creado por el propio Claudio Sánchez Albornoz. De ahí la frase “Asturias es España y el resto tierra conquistada” (a los hispano-musulmanes se supone). “Padre de la Patria” era un título que otorgaban los romanos a sus emperadores y la historia es doblemente contradictoria, ya que en realidad los cántabros y asturianos lucharon contra los godos, quienes finalmente los masacraron como antes la Roma de César Augusto tras las “Guerras Cántabras”, por lo que estos pueblos del norte peninsular no pueden tener mucho cariño ni a unos ni a otros si conocen su historia.

La quinta idea falsa es la unión entre los Estados católicos peninsulares ante los “sarracenos” o musulmanes de manera natural, cuando en realidad los Estados cristianos de Portugal y de Nabarra fueron conquistados. Es más, Nabarra lleva en su génesis la unión entre baskones cristianos y musulmanes de la familia de Eneko Aritza y los Banu Casi. Por suerte para Portugal su “cautiverio” duró 60 años (s. XVII). La reconquista de los cristianos viejos tiene otros dos Pater Patriae en las hazañas de Santiago “Matamoros” y en el mercenario burgalés apodado “el Cid”  (de “Sid” o “Sayyid”, señor en árabe), que son los que mejor resumirían el imaginario que el nacionalismo español otorga a estos siglos de la Edad Media. En realidad, hoy pensar en la resurrección de Santiago a lomos de un caballo blanco matando infieles con su espada es un esperpento.



Ortega y Gasset explica a la perfección el significado de la figura del Cid y de España en esa época de cruentas guerras entre “majus” o paganos del norte, hispano-católicos e hispano-musulmanes en su libro “La rebelión de las masas”: “Suele afirmarse que en tiempos del Cid era ya España –Spania- una idea nacional, y para superfetar la tesis se añade que siglos antes ya San Isidoro hablaba de la “madre España” (en realidad “Hispaniae” pues escribía en latín). A mi juicio, es esto un error craso de perspectiva histórica. En tiempos del Cid es estaba empezando a urdir el Estado León-Castilla, y esta unidad leonesa-castellana era Spania (sic.), en cambio, era una idea principalmente erudita; en todo caso, una de tantas ideas fecundas que dejó sembradas en Occidente el Imperio romano. (…) Pero esta noción geográfico-administrativa era pura recepción, íntima inspiración, y en modo alguno aspiración”.


Es más, la expresión “reconquista” es otra expresión “unionista” más que histórica que aparece por primera vez en el siglo XIX, cuando se buscaba crear una “España-Nación” como hemos mencionado para la cual la imagen de reinos cristianos unidos ayudaba mucho. Esta idea imaginaria fue explotada por los padres del nacionalismo español en el siglo XX, en concreto el mencionado Sánchez Albornoz, con la que buscaba una imagen idílica de cristianos recuperando España a los infieles que la había invadido. Otro de los padres del nacionalismo español sin embargo lo negaba: “una reconquista que dura ocho siglos, no es una reconquista”, así lo decía Ortega y Gasset en “La España invertebrada”. Históricamente no es sostenible una “reconquista” de los reinos castellano-leonés y aragonés de la península pues éstos son muy tardíos y no existían en el año 711 y sus reyes no tienen nada que ver con los reyes godos. Los historiadores ingleses hablan de “cruzada” debido a que en ella tomaron parte en realidad huestes de toda Europa y fueron éstas ideas religiosas las que llevaron al papa a provocar la expulsión de los musulmanes por los ejércitos católicos. Éstos musulmanes tendrían poco de africanos y tendrían más de los antiguos habitantes de la península.

En realidad y finalmente, ni siquiera el matrimonio de los Reyes Católicos, otros dos de los Padres de la Patria española, supuso la fundación de España, ya que Aragón y Castilla siguieron configurando Estados diferentes en todo y no fue su voluntad tal unión, que tampoco se produjo al quedar todavía la conquista de Nabarra. Es más, ni siquiera existió el título de “Rey de España” hasta finales del siglo XIX y en plural, de “Las Españas”, como ya comentamos en el artículo “¿Desde cuándo podemos hablar de España?” (http://nafarzaleak.blogspot.com.es/2018/02/desde-cuando-podemos-hablar-de-espana.html). Así, por ejemplo, el título de Carlos I “de España” es un anacronismo pues tal título no existía.







La  España centralizada y la nación española es algo que hicieron diferentes generales “liberales” en el siglo XIX y parte del XX mediante varias guerras, donde ganó el centralismo castellano gracias a sus eficientes Golpes de Estado frente a la confederación de los Estados de las coronas de León-Castilla y Aragón anteriores más las conquistadas Granada y Nabarra.

Resumía de la siguiente manera lo que expongo Antonio Alcalá Galiano (Cádiz 1789-Madrid 1865), ministro de Marina, golpista, político liberal castellano, cofundador del Ateneo de Madrid, miembro de la Real Academia de la historia: “Debemos de propagar la imagen de la “nación” e inculcar apego a ella y unirlo todo al país ya la bandera, a menudo inventando tradiciones o incluso naciones para tal fin. Uno de los objetos principales que nos debemos proponer los castellanos, es hacer la nación española una nación, que no lo es ni lo ha sido nunca hasta ahora”.

Finalmente, para el nacionalismo español de derechas, otro de los “Padres de la Patria” es el General Franco, el cuál habría “reconquistado” por enésima vez España, esta vez a los “rojos y separatistas”.